Por mucho que planifiquemos, hay veces en que la salida a trotar no sale como quisiéramos. Me pasó el otro día. Mis hijos están en el sur con mis papás así que decidí aprovechar la mañana para salir a correr. El día estaba exquisito y había dormido bien ¿qué podía salir mal?
La primera alerta fue cuando me fijé en mi reloj deportivo y vi que no encendía. Lo enchufé y apreté todos los botones, pero nada. OK, si durante mucho tiempo corrí sin reloj, podría volver a hacerlo. Activé, después de mucho tiempo, una aplicación para calcular la distancia y velocidad con el celular, amarré las llaves del departamento a los cordones de mis zapatillas, me puse los audífonos inalámbricos y salí. Un reloj fallecido no iba a arruinar mi mañana.
Puse un podcast donde hablaban de la novela Jane Eyre y partí por Pocuro, con un trote relajado. Cuando llevaba 20 minutos decidí devolverme y paff, se apagaron los audífonos. Por poco anticipada, olvidé cargarlos durante la noche y se les fue la batería en la mitad del recorrido. Al mismo tiempo el sol empezaba a enfrentarme con furia y, por supuesto, mis lentes de sol y mi visera se habían quedado en el comedor.
Tuve que correr tres kilómetros cuesta arriba con el sol en la cara y sin música. En algún minuto me dieron ganas de parar y llamar un Uber, pero la verdad es que resolver estos imprevistos y sobreponerse a las ganas de parar son parte de un entrenamiento que no tiene nada que ver con sumar kilómetros y aumentar carga, sino que con ganar madurez mental para enfrentar los momentos difíciles y el maldito muro.